LOS
TRES JUDAS.
Uno manejó la espada, otro manejó el dinero,
otro manejó el mensaje.
Los tres llevaban el mismo nombre pero no
tenían el mismo destino. Los tres Judas más conocidos de la biblia cristiana
tuvieron tres historias distintas.
JUDAS
MACABEO fue
un guerrillero nacionalista que se hizo jefe de una partida de combatientes
judíos alzados contra la dominación de
Siria.
Realizó proezas a favor de su pueblo. Eran tiempos recios.
Los dominadores, en toda la historia del mundo,
han sostenido sus intereses a costa de los derechos de los que son dominados.
Acontecía antes y acontece ahora.
Las ballestas, las catapultas, las lanzas de
entonces, tenían también la capacidad
destructiva de los bombardeos de ahora.
Asurbanipal y sus generales tenían el mismo
rostro que el Tío Sam. Los pueblos sometidos son siempre los mismos.
También las armas y los dineros, la astucia y
la gran banca, siguen siendo los mismos: son los motores que hacen funcionar el
sistema opresivo que a los dueños del mundo les da ganancias y a los
empobrecidos les da ilusiones para cuando el tonel se llene y derrame lo que le
sobra, sin saber que se trata del tonel de las Danaides, un tonel que no tiene
fondo.
Judas Macabeo ganó y perdió batallas. Pero las
dio. Chocó con un imperio, pero lo
enfrentó.
Judas Macabeo enseña que la dignidad no se
esfuma por perder una batalla. Desaparece cuando la batalla no se da.
JUDAS ISCARIOTE fue uno de los seguidores más cercanos de
Jesús. Escuchó el llamado, se hizo peregrino acompañando a quien andaba por los
caminos de Palestina haciendo el bien.
Creyó en la liberación de su pueblo y se
confundió cuando la aurora no llegaba.
Se dice que quiso despertar la rebelión cuando
hizo la jugada fatal que lo dejó marcado en la historia con la infamia de la
traición.
¿Quién ha podido entrar en su mente y en su
corazón para conocer su verdad? Después, sus propios compañeros de ruta se
ensañaron con él.
Solamente Jesús le tuvo confianza.
Judas Iscariote nos enseña a discernir entre el
beso de amistad y el beso de la ansiedad.
JUDAS TADEO siguió a Jesús por el camino. Escuchó tantas
cosas acerca del Reino que Dios iba a instaurar cuando los empobrecidos
asumieran su protagonismo, que le llamó la atención que eso no se gritara desde
los tejados.
Era la
Buena Nueva que el pueblo esperaba.
¿Qué sucede- dijo- que esta noticia colosal se
nos encargue a nosotros, tus amigos, y no se proclame a todo el mundo?
No sabía; no había comprendido, que Jesús lo
asociaba a su misión para que el rompimiento de las cadenas que oprimen a las
gentes no fuera un milagro sino una tarea, un trabajo a realizar entre dos:
nosotros y El.
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