La ciudad de Toluca al anochecer tenía
un embrujo de misterio que se anidaba en las esquinas de los portales de la
plaza y desde allí miraba a los vecinos como si fueran sombras.
Por eso alguien vio a los dos jóvenes que avanzaron por la calleja
principal. Se oyeron en la pereza de la noche tres aldabazos y se abrió una
puerta. Entonces ofrecieron al dueño de casa un santo Cristo con el cuerpo
doblado hacia delante, con los brazos estirados casi en arco, como queriendo
salir del tormento.
Era jueves santo. Acordaron los treinta
doblones de plata que retirarían al día siguiente. Nunca más regresaron.
El dueño de casa dejó, al pie de la
imagen, en una caja de madera de pino teocote,
las monedas de la Colonia que eran redondas y que llevaban la peluca y
los mofletes de Carlos IV, El Cazador.
Así empezó la veneración popular que fue añadiendo donativos,
hasta que un gobernador, en los años de la independencia, respetó la imagen del
Cristo Negro de la Veracruz, porque era muy devoto, pero se llevó la caja con
el dinero, porque ya no era el tonto de antes. Las cosas como son: la piedad,
cuando no es cierta, suele estar en amoríos con la avaricia.
Las gentes decían que al Cristo le
crecían las barbas y las uñas. Se hizo fama de milagrero. El pueblo acudía a su
templo levantado en 1796 no solamente para sanar de sus enfermedades sino para
comprobar si el rostro del nazareno seguía doblándose; porque cuando la punta
de la barba tocase el pecho, sería el final de todo.
Cada miércoles santo la imagen era lavada
con mezcla de vino generoso y bálsamo negro. Con los años el Cristo, que había
sido blanco, se quedó con ese color de noche que le daba más misterio a la
piedad del pueblo.
Ahí está todavía. Padeciendo los clavos
y las mordeduras de las heridas, al igual que los indígenas que lo veneraban en
los comienzos y que después, con el paso del tiempo, se han convertido en los
devotos que siguen encendiendo cirios y trayéndole amapolas rojas que ahora se
han vuelto sospechosas. Decían que al santo Cristo le aliviaban el dolor y a
ellos las penas de la vida.
Las amapolas tienen el don del consuelo.
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