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TRANSEXUAL. Roma. Italia.
      En la  creación se dice que hay dos polos que se complementan, se buscan, se abrazan y se realizan: lo femenino y lo masculino. Ya la biblia recuerda que el “hombre” en su sentido total es una mujer y un varón.
      Pero la naturaleza hace de pronto unas zancadillas y la estantería que estaba tan bien ordenada se viene a tierra. Hay personas que experimentan una gran desavenencia entre su cerebro, sus apetencias y su realidad física: están divididas, ya que su cuerpo pertenece a un género y su psicología a otro. Son los transexuales.
      Hubo una época primitiva en que nadie hacía escándalo por este hecho. Después se empezó a mirar como una perversión. Después como una enfermedad. Después como una condición humana, y en eso estamos ahora.
      Pero una cosa es vivir natural y dignamente con esa dicotomía que es real y respetable aunque minoritaria en la especie humana,  y otra cosa andar con las trenzas sueltas, estrujando a diestra y siniestra todas las sensaciones. El transexual que no asume las riendas de su vida con la misma responsabilidad con que debe asumirla un heterosexual, se convierte en objeto de mofa en esta sociedad cínica.
      El emperador Heliogábalo, cuenta la historia, fue un  transexual despampanante. Coronado a los catorce años y asesinado a los diez y ocho, fue hijo y producto de una sociedad absolutamente tolerante.
      Durante su reinado se casó cinco veces con mujeres, ya fueran vestales o viudas, aunque su corazón, su mente y su cuerpo pertenecían a uno de los jinetes de la carroza  imperial, como también a uno de los atletas de Esmirna llamado Zotico.
      El cronista Dion Casio relata que su majestad abusaba de los perfumes, las depilaciones y las pelucas, y que era visto con frecuencia a la entrada de las tabernas y baños  sudaderos de Roma, con los ojos pintados y ropajes de mujer.

      Heliogábalo es el primer transexual escandaloso que registra la historia con datos seguros.

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