YANAY. La Quiaca. Argentina
Por las alturas del mundo andaba
la indiecita Yanay recogiendo leña, sin saber que tenía sangre de reyes.
Encaramándose hacia atrás en el río de la vida, hubiera podido encontrar tanto
esplendor y tanta soberbia, que hubiera quedado deslumbrada y jamás hubiera
tenido la muerte que tuvo.
Yanay se murió un atardecer por un
ataque de tristeza. Vio caer el sol detrás de los montes más azules, vio volver
las crías de vicuñas buscando la leche en las ubres guardadas en terciopelo,
vio a las ovejas regresar al cobijo de los techos de totora, vio a su padre
sentado bajo un arbusto con más raíces que hojas, tocando la quena. Era tan
dulce la melodía, que unos pájaros pequeños detenían su vuelo y se posaban en
las ramas del arbusto para aprender a cantar.
Todo se le volvió del color de las
violetas a Yanay. Miró sus manos morenas endurecidas por la leña. Miró su
cuerpo de niña adolescente que no había conocido los abrazos. Miró el cielo que
se encendía con el último beso del sol y la primera estrella que le regaló Dios
como un adelanto de la noche que llegaba. Vio pasar unas garzas buscando los
vientos favorables que las acercaran a la laguna de Guayatayoc, y no supo si se
despedían de ella o del sol. Miró hacia afuera su tierra reseca, y hacia adentro
su alma de algodón. Y decidió irse con la tarde. Se sentó junto a su padre,
bebió la música de la quena más nostálgica que hubiera escuchado hasta
entonces, reclinó su pequeña cabeza en sus rodillas, y se durmió para siempre. Dicen
que aún la lloran unos sauces junto al estero, y sus lágrimas se van con las
aguas hacia donde se hunde el universo.
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