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La doña.

Doña Efímera Alcorta Bustamante vivía en un barrio elegante hasta que la diosa que maneja las desgracias le escupió la frente. Entonces perdió propiedades, finanzas, inmuebles y amistades. Porque todo eso va unido como en una cadena. Solamente la gata “Bernardita” la siguió en su deambular por la ciudad en busca de un lugar de cobijo.
La situación se había dado cuando un usurero la convenció de unos negocios en donde ganaría mucho dinero. Y los ganó. El usurero, claro. Ella, que había vivido en una mansión de la ciudad antigua, tuvo que compartir espacios en una calleja donde habitaban también unos chinos que hacían negocio con telas de algodón.
Eso le cambió la vida. A ella y a la gata. Ambas debían salir por las noches a recoger lo que otros habían tirado a la calle. Al aclarar, doña Efímera regresaba a su cuarto escondido entre la maraña de chinos que hablaban, gritaban y gesticulaban en un idioma que tenía más inflexiones de voz que letras de abecedario.
La gata Bernardita, por su parte, después del recorrido nocturno detectando alimentos y esquivando perros, se sentaba en el tejado a lamer su belleza.
Era el rito de todos los días y todas las noches.
En sus horas de nostalgia, doña Efímera añoraba la vida que se le había ido, y la gata seguía insensible a los recuerdos porque ella tenía siete vidas y le quedaban varias aún por ser vividas.

Esa es la gran diferencia entre los gatos y los cristianos. Los gatos viven al día. Los otros se convencen diciendo que más allá de más allá, recién está empezando el camino.

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