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EL FARERO. Cabo de Hornos. Chile.

            Desde una torre levantada sobre el último peñasco del mundo, Liberato Espinoza tiene la responsabilidad de farero.
Las embarcaciones que navegan entre los oleajes alzados del Cabo de Hornos, miran hacia la costa y ven en las noches el ojo que vigila las distancias y las singladuras como un cíclope amigo.
Liberato se encarga de mantener abiertas las esperanzas de los marineros. Mientras viva, la luz se encenderá cada anochecer como la pupila de dios, como la estrella más cierta.
Allí, en el último rincón planetario, el farero solamente tiene la caricia embravecida de los vientos y el ruido tumultuoso del mar. Nada más. Dejó atrás, hace cincuenta años, las moleduras de la ciudad, el parloteo de las gentes, las informaciones de los crímenes, las compras de la feria. Una barcaza le lleva cada seis meses lo que necesita para mantenerse en pie y para mantener la luz.
Desde su soledad recuerda a veces a Viviana y la sigue viendo como era entonces: un cuerpo de color del trigo, unas caderas que invitaban al abrazo. Pero hace ya tanto tiempo que hasta el rostro de ella se le ha borrado con el viento huracanado del sur del mundo.

Por eso sacude la cabeza espantando las  nostalgias, reúne los elementos que mantienen viva la luz, y sube cansadamente los 128 peldaños  hasta coronar la torre. Desde allí ve la costa, las embarcaciones, todo tan pequeño, que se siente dueño del horizonte y empieza a tararear una canción de marineros que le enseñó hace setenta años su abuelo. Liberato es hijo, nieto y bisnieto de fareros, y con él morirá la sucesión y el oficio.

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