Ir al contenido principal
ZAPATOS. Guanahani. Antillas

      La madre natura no proporcionó a los humanos las suaves almohadillas que les dio a los gatos para que anduvieran por la vida. Tampoco les dio la dureza de los cascos del caballo. Por eso se inventaron los zapatos.
      Pero la vanidad que nos acompaña desde que nos damos cuenta de que no somos un sueño, hizo que muy pronto el tipo de calzado hiciera distinción en las clases sociales: burgueses y proletarios no tenían solamente diversos criterios, intereses y vivencias; tenían también distintos zapatos. Los humildes usaban alpargatas o caminaban sorteando pedruscos con la piel endurecida. Los adinerados protegían sus pies de las moleduras del camino usando botines, botas, zuecos, borceguíes y escarpines.  
      Desde luego, las damas se hicieron un festín inventando calzados exclusivos. Dijeron que lo más cómodo era caminar sobre las puntas de los dedos, en unos equilibrios de malabarista. Ellas tendrán que explicarlo. El listado de los zapatos femeninos es interminable. La mitad de ellos, dicen las envidiosas, los tenía en su armario privado la esposa de un dictador de Filipinas.
      Pero los zapatos que más fortuna han producido en la historia de las tropelías en el mundo son unos de color rojo que Cristóbal Colón regaló a uno de los caciques más importantes, en su primer viaje a las nuevas tierras. Lo invitó a subir a una de las naos, comieron frutos de magüey y pescados asados, y se entendieron a través de señas y aspavientos. Intercambiaron regalos. Colón dio al cacique unas cuentas de ámbar y unos zapatos colorados. El cacique le retribuyó con abundantes piezas de oro labrado.
      Ese fue el regalo. Todo lo demás, se lo apropió el europeo sin pensarlo dos veces, mientras el cacique se probaba un calzado que nunca había necesitado.




Comentarios