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TRADICION. Raluncoyán. Chile.

    Se murió el lonko Marcelino Queipul. Tenía noventa años y era la memoria de su pueblo.
No conocía las letras pero leía las estrellas, las arboledas, las lluvias y el vuelo de los pájaros. Cerró los ojos cansados y emprendió el viaje hacia unos campos tristes y fríos ubicados al otro lado del mar. Allí sembraban papas negras y hacían chicha negra. Echaría de menos sus siembras de habas, de arvejas, de cebada y de trigo.
    Cuatro noches lo velaron los mapuche. Llegaron sus hermanos desde los cerros más distantes. Hablaron en su idioma, el mismo que les estaba vedado en las escuelas para sus hijos, sus nietos y biznietos. Pero allí lo hablaban.
    Dos parientes conocedores del finado se colocaron junto al camastro  y fueron contando su vida, rememorando   su historia familiar. Se alternaban en el relato, se corregían los datos, afirmaban como verdades los mitos y rescataban para las generaciones jóvenes la tradición jamás escrita pero sí vivida.
Tras cada parrafada bebían  un trago de kelu pulku y se iban animando en el relato: Marcelino Queipul nació en Cholchol, este peñi era hijo de Catrileo, nieto de Quilapán, hizo esto y lo otro, fue siempre un kume wentru, era sabio y tenía las llaves del pasado de todo el territorio entre Temuco y el mar. Viajó a tal parte, tuvo tres mujeres y catorce hijos, se enfrentó a los winkas depredadores, defendió su tierra… y paso a paso, relato tras relato, trago a trago, los parientes van tejiendo la historia de su pueblo porque es la historia de sus hombres.
    Mientras tanto, las mujeres atienden a los visitantes. Hay caballo, cerdo, pollo y cordero. Abundante muday y chicha de manzana.
    Al cuarto día, el lonko fue envuelto en un chamanto y puesto en la misma tierra que él amó y trabajó.
El ha emprendido el viaje largo. Los visitantes también.
La ruca de Marcelino amanece el día quinto con un griterío
de gallos. La vida debe seguir.

   

     


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