Llegaban al pueblo con una maleta o
valija de madera, agujereada, y semi escondida bajo el poncho. Todos sabían que
ahí venían los gallos más gallos de toda la comarca, afilando el pico y las
garras contra las esquinas de palo de su prisión.
Los hombres llevaban las aves y los
dineros.
Porque se apostaba fuerte, a espaldas de la
policía, del párroco, del juez y de las mujeres. Ellas sabían, y no aplaudían
el deporte cruel de sus compañeros, quizá por esa conmiseración propia de
quienes tienen corazón y no una piedra entre los pechos. Pero en las entretelas
de los deseos les nacía la esperanza que el gallo de su pertenencia descrestara
a todos los que estuvieran a tiro de espolón.
En el reñidero se juntaban los
paisanos. Las aves salían al ruedo como dos gitanos que llevaran navaja en mano
y odio en las pupilas. Se miraban, de estudiaban, se rodeaban, se acometían con
saltos vigorosos y picoteos violentos acompañados de espolonazos asesinos. Del ruedo de bárbaros convocados para el
espectáculo se levantaba el griterío cada vez que había un salto, cada vez que
había sangre, cada vez que un tijeretazo le volaba un ojo al enemigo.
Las apuestas subían y bajaban según
los aletazos.
Los Olimareños, en Uruguay, debieron
asistir alguna vez al reñidero y después cantaron lo que Chicho Sánchez
encontró en el vientre de su guitarra: los dos gallos que representan la
historia del mundo.
El gallo negro tenía el color del fascismo.
El gallo rojo el color republicano:
-“ se encontraron en la arena, los dos gallos
frente a frente; el gallo negro era grande pero el rojo era valiente. Se
miraron cara a cara y atacó el negro primero; el gallo rojo es valiente pero el
negro es traicionero…”

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