EL ENCUENTRO.
Don Delfín Revollo era amigo del cura del pueblo y del
boticario que atendía toda la amplia región de Colchagua. Cada tarde de verano
se iba pasito a paso por la calle larga que lo llevaba de su casa de adobes
hasta la casa parroquial. Allí, sentados frente a una mesa redonda de madera
resquebrajada ya por los soles y los golpes, el cura, el boticario y don Delfín
arreglaban el mundo, bebían chicha de jora que un almacenero había traído desde
el Perú, y jugaban a las cartas.
Y el cura, por algún arte que le había soplado Satanás o
porque era habilidoso para hacer timo, ganaba casi todas las partidas y así
incrementaba los escuálidos aportes de la colecta que recogía en la misa
dominical.
Todo eso hasta que llegó al pueblo Belisario Mardones. Era
un hombre grande. Usaba sombrero alón que le caía sobre el ojo derecho, el
único que tenía y que penetraba hasta las entretelas de las cosas y las gentes.
El otro lo había perdido al recibir un ramalazo en una pelea de cantina.
A pesar de eso, Belisario Mardones se ufanaba de su buena
suerte. Al parecer tenía siete vidas, al igual que gato de monasterio. Había
sorteado, sin recibir grandes daños, dos duelos de pistola y seis combates
cuerpo a cuerpo con algunos forasteros que llegaban hasta Yáquil para comprobar
si ahí se terminaba el mundo.
Su encuentro con Delfín Revollo fue casual al cruzarse una
mañana en la plaza del poblado y reconocerse después de cuarenta años de
olvido. Pero ambos disimularon. Sin embargo, ninguno de los dos podía olvidar
la fecha en que siendo muchachos habían acordado robarse a la niña Teresita
Donoso cuando a ella le empezaron a brotar unos pezones de azahar.
Delfín Revollo se
había puesto grueso, y con un arreglo artificioso que le demoraba horas,
lograba tapar apenas con cabellos que traía desde la nuca, una calva desolada y
blanquecina.
Por su parte, Belisario Mardones, se mantenía alto y seco
como un poste de alumbrado.
Tras muchos fingimientos, ambos aceptaron reconocerse.
Primero se dieron la mano, después un abrazo, y después nuevamente la mano.
Habían borrado de sus vidas, el pasado
que alguna vez pudo distanciarlos.
-Amigo, lo invito a unas copas en la cantina de la plaza.
-Acepto con gusto, como de quien viene. Usté siempre
generoso.
-Hasta donde se pueda, amigo. Mientras haya salú y algún
dinero, aprovechemos el momento. Mañana, nadie sabe.
-Así es, no más. Se le agradece.
Ambos entraron a la cantina. No había otros parroquianos a
esa hora. Solamente estaba la dueña del local.
-
¿Cuánto hace que no venía a visitar el pueblo?
-
Como cuarenta años, mi amigo. Todo está cambiado
por estos lados. En la plaza están cortando árboles para embaldosar y colocar
una fuente. El retén de carabineros que estaba en la esquina ya no está. Quedó
el sitio baldío.
-
Se han muerto muchos viejos ya. ¿Se acuerda de
don Tránsito Espinoza? Se lo llevaron al cementerio hace como quince días. Era
de los últimos que quedaban de los tiempos buenos.
-
También se murió el padre Fidelio. Y dicen que
don Efraín Castañeda está para la corneta.
-
¡Pucha, amigo! ¡Estamos quedando solos!
Ambos bebieron los mostos pipeños
en silencio.
Pidieron repetición. La doña,
dueña del local, ancha como una mesa y sonriente como la media luna cuando
viene lluviosa, les arrimó sendos vasos y anotó en un papel pequeño una cifra
para no olvidar el consumo.
-¡Cuarenta años!- dijo Belisario
Mardones.
-¡Cuarenta años!- repitió Delfín
Revollo.
La que no dijo palabra ni hizo
comentario alguno fue Teresita Donoso
(de los Donoso de Peralillo). Pero al volver a ubicarse tras la barra de madera
de pino, tenía el rostro encendido y los ojos enrojecidos por un recuerdo que no quería abandonar.
Comentarios
Publicar un comentario