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El carnaval y la Cuaresma.
Una idea infantil muy repetida al comienzo del año escolar es: ¿por qué no se cambian las cosas en este mundo para que sean tres meses de escuela y nueve meses de vacaciones? La torta de la vida debería estar mejor repartida.
Así también a más de algún cristiano se le ocurrirá pensar: ¿ Por qué no habrán cuarenta días de carnaval y solamente tres días de “cuaresma”?
Pero hay que enfrentar la vida así como se presenta: el hecho es que el carnaval es breve y empezamos el tiempo de cuaresma, siempre largo.
Sin embargo no se terminan los disfraces. En carnaval brillan las máscaras, los trajes espléndidos de las escuelas de samba, las diminutas estrellitas bañadas en polvo de oro que apenas cubren los tres puntos esenciales de la eterna belleza mujeril. En carnaval los disfraces nos fabrican otra personalidad y detrás de los antifaces y las plumas escondemos nuestra realidad.
Pero termina el carnaval y para vivir la cuaresma solamente nos cambiamos los disfraces. En el fondo la cosa sigue igual, pero con menos bulla y menos risas. Se pintan con ceniza las cabezas, se visten de color morado los oficiantes de cultos, algunas personas redescubren el rosario, se hacen llamados a la penitencia, hay gente todavía preocupada de comer pescados y mariscos…
Y detrás de tanto disfraz carnavalesco o litúrgico, estamos nosotros, seres humanos a los que Dios invita a la vida en todas sus dimensiones, y que pretendemos inútilmente engañarlo con disfraces de circo. Menos mal que El ve el corazón y no las apariencias. Quizá hasta le cause risa el vernos empeñados como niños en esconder nuestro verdadero rostro -nuestra realidad- para aparentar otras caras: yo soy Arlequín, yo soy Cleopatra, yo soy el rey Momo, yo soy una bataclana, yo soy un monseñor, yo soy un penitente, yo soy un general…
-Yo sé lo que son- dirá Dios.- Yo conozco tu desnudez tapada con tanto trapo colorido. Yo te quiero así como eres, aún vestido de payaso, y te sigo invitando a celebrar la vida. Mírate al espejo y ámate como Yo te amo, así como eres, sin ponerte los coloretes de la farándula social o religiosa.

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