EGERIA.
A lomo de mula, escoltada a
veces por soldados, y otras veces solitaria y sin más compañía que las sombras,
la abadesa gallega se fue por esos mundos para satisfacer la curiosidad y la
fe. Así llegó hasta Palestina.
Se llamaba Egeria, nacida entre
algodones en un palacete de nobles, educada hasta dominar latines y
conocimientos de geografía, merodeadora de novedades, y por ello, convertida en
peregrina. Necesitaba ver, conocer, palpar, averiguar, comprender, y así poder
contar sus peripecias en sendas cartas a las monjas de su monasterio, que
quedaron haciendo oración por el feliz viaje de la superiora.
Egeria debió ser la primera
mujer trotamundos de la era cristiana.
Gracias a sus relatos nos
podemos enterar de cómo se vivía en el mundo cristiano del sur de Europa hace
dos mil años.
Había nacido en El Bierzo,
tierra de aventureros. Murió en alguna parte y nadie hubiera sabido de sus
avatares si no se hubiera descubierto un viejo códice, en 1884, en una
biblioteca de monasterio en Arezzo.
Egeria, merece un lugar
destacado entre los buscadores de Dios a través de las historias humanas. Su
afán de conocimientos la llevó a atravesar toda Europa. Su educación en las
letras y las ciencias la llevó a describir sus experiencias. Su sentido comunicacional
la llevó a transmitir a otros lo que sus ojos veían y sus manos palpaban. El
mundo le debe agradecer su aporte al conocimiento de una época que va quedando
a trasmano con el correr acelerado de la historia. Gracias, Egeria, no tanto
por ser gallega y ser monja si no por ser curiosa.
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